Alberti y Gades o la patente de corso cuando se levanta el puo
Por David Gistau
La Razón (22/07/04, 08.54 horas)
Cuando murió Alberti, nadie -¿o tal vez Ussía?- se atrevió a enturbiar el homenaje nacional impuesto por decreto recordando que el poeta, desde la «checa» de Bellas Artes, había participado en las condenas de muchos inocentes que acabaron en las fosas comunes de Paracuellos y la Casa de Campo. Como aquellos crímenes fueron cometidos con el comunismo como coartada, y ya dice Haro Tecglen cuando mueve el vaso de la «oui-ja» que hay patente de corso intelectual para cualquier genocida o dictador que cierre el puño en vez de extender la mano, pues de Alberti sólo se reparó en el golondrino ése equivocado y se le indultó del estigma con que son marcados quienes, aun sin sangre en las manos, escribieron desde el otro lado. Refiriéndose al olvido premeditado de García Serrano y su generación, Tomás Cuesta denunció esto mismo ayer.
Hay que referirse a Gramsci y a la infiltración soviética en los cenáculos intelectuales de Occidente -de lo cual el resentimiento anti-americano es un rescoldo- para comprender el doble rasero con el que son juzgados los totalitarismos comunistas y fascistas. Nadie duda que los del segundo orden simbolizan el mal absoluto, por lo que ya no es ni necesario seguir librando esa pelea. En cuanto a los otros, en cambio, sólo ahora intelectuales como Amis están imponiendo un revisionismo imprescindible, no sólo porque lo merecen unos cuantos millones de muertos olvidados, sino sobre todo porque existen dictaduras comunistas todavía vigentes de las que hay que liberar -o al menos arropar- a pueblos cautivos. El cubano, por ejemplo, cuyos opresores siguen beneficiándose del vicio gramsciano.
Hoy, en los panegíricos a Antonio Gades, leemos cómo se le concede prestigio por su condición de comunista pertinaz y de sostén moral de la dictadura castrista. Sólo me pregunto cómo habría sido despedido un artista que presumiera de no haber renunciado nunca a los principios del fascismo y que se hubiera dejado condecorar por algún otro dictador iberoamericano. Pinochet, por ejemplo