Periodismo Cristiano

El periodismo es la más cristiana de las profesiones. De hecho, el
cristianismo es periodismo, ya que, entre las grandes religiones, es la
única que no se basa en una doctrina, sino en un Acontecimiento. La vida de
Moisés, la de Mahoma o la de Buda podrán ser ejemplares para sus seguidores,
pero no es la esencia de su mensaje; ellos son meros transmisores de la
doctrina, del mensaje. En el caso del cristianismo, en cambio, se cumple a
la perfección la máxima de McLuhan: el medio -Cristo- es el mensaje. Los
evangelistas aspiraban a ser fieles reporteros de un suceso del que fueron
testigos presenciales, no maestros de teología o moral.
Los periodistas -como nuestros antecesores, los cronistas- estamos sujetos a
una maldición: somos personas en busca de la Gran Noticia y estamos
condenados a pasarla por alto. Siempre.
El periodismo es esencialmente superficial; no puede evitarlo. Trata de lo
que ocurre cada día, y ni siquiera de todo lo que ocurre, sino con lo que
responde a determinados criterios previamente marcados por los propios
medios, por la costumbre, por viejos prejuicios informativos. “Homero es
nuevo hoy -decía hace un siglo el poeta francés Charles Peguy- mientras que
el periódico de esta mañana ya ha envejecido”.
El problema es que los acontecimientos que realmente cambian el mundo rara
vez parecen gran cosa cuando surgen, y casi nunca aparecen en el BOE. El
mejor cronista bizantino de principios del siglo VII, puestos a describir
los acontecimientos más importantes de su tiempo, se dejaría sin duda en el
tintero la fuga de un ignorado camellero visionario de una ciudad del
desierto, en las fronteras del Imperio. Y, sin embargo, esa huida -la Hégira
de Mahoma- se convertiría en el ‘año cero’ de una religión que habría de
convulsionar el mundo pocos años después, crearíao un gigantesco imperio y
una fascinante civilización y que hoy, con más de mil millones de
adherentes, copa los titulares de la prensa mundial. Tampoco es probable que
el periodista europeo de 1848 dedicara más de un ‘breve’ o una reseña al
panfleto publicado por un colega de Treveris, pero en el Manifiesto
Comunista de Carlos Marx estaba ya, en potencia, el Gulag soviético, la
Guerra Fría y el Muro de Berlín.
No hablemos ya del Gran Acontecimiento, el punto central de la Historia a
partir del cual, con justicia, empezamos a contar los años en el Occidente
cristiano.
Por eso en ALBA no pretendemos hacer un periodismo ‘religioso’, porque
creemos que la realidad es católica y no necesita de filtros especiales para
mostrarla.
Carlos Esteban