Morir de hipercriticismo

EL hipercriticismo es una patología intelectual bastante extendida en la sociedad actual. Es como una marea negra, el chapapote de la Ilustración.

El hipercriticismo es un engrudo que arriba a nuestras costas tras el hundimiento del buque del mito del progreso indefinido.

El Todos los hombres desean saber de Aristóteles deviene en Todos los hombres desean criticar, pese a que la inteligencia está construida, primordialmente, para saber; y secundariamente, para criticar lo sabido. El hipercrítico, sin embargo, se instala en la crítica, por lo que, al final, no sabe nada.

Por Antonio Barnés Vázquez

Sólo concedería una actitud hipercrítica al sabio, esa especie en extinción. Pero el verdadero sabio sabe (valga la redundancia), como Sócrates, que no conoce nada, o, mejor, -que me perdone el filósofo-, que sabe poco, y que debe ir paulatinamente poniendo límites a su ignorancia, adaptándose a la realidad. El verdadero sabio es humilde: se acerca con delicadeza a las cosas, busca sinceramente la verdad, no exclama, como Hegel, ¡peor para los hechos!. El hipercrítico entra en los debates como un elefante en una cacharrería; se dedica a echar pulsos con todo lo que encuentra; ansía pulverizar cualquier texto.

Para el hipercrítico todo es llanura. No hay relieve. No distingue mesetas, colinas, montes, sierras. No. Para él todo tiene el mismo valor: la Biblia y la revista dominical; la summa theologica y el telediario; las obras de Newton y el Muy interesante; la biblioteca y el quiosco; la República de Platón y la tertulia radiofónica; la Poética de Aristóteles y el suplemento cultural.

Al fin y al cabo todos son palabras, palabras, palabras…, como diría Shakespeare. Por cierto, para el hipercrítico, Shakespeare y el último libro más vendido por El Corte Inglés valen lo mismo. La Divina Comedia y el folletín que hoy nos regala el periódico tienen idéntico valor.

El último snob con disfraz de exegeta merece el mismo crédito que San Agustín.

El hipercrítico es un típico subproducto de la sociedad de la información, que es algo distinto de la sociedad de la formación o del saber. Internet colabora en el festín. Datos, datos, datos.

¿Verdad? El hipercrítico se sonríe, y repite la misma pregunta de Pilatos: ¿qué es la verdad? Para, a continuación, enchufarse los cascos. No le interesa la respuesta. Es más cómodo no esperarla. Porque la verdad siempre es comprometida.

Resulta ridículo, decía Platón, no conocerse a sí mismo cuando se aspira a conocer las demás cosas. Y es que el sabio es crítico consigo mismo, indulgente con los demás y respetuoso con la realidad. Platón es mi amigo, pero más amiga es la verdad, decía el maestro de Alejandro Magno.

El hipercrítico es una mezcla de agnóstico, cínico y relativista. Como todo es criticable, nada es seguro, como nada es seguro, el vivo al bollo y el muerto al hoyo.

Hay cosas que el hipercrítico nunca criticará: la buena mesa y el buen vino. Eso sí que son verdades tangibles; y, por supuesto, la buena moza/mozo. Es empirismo británico de andar por casa. Admitamos sólo las verdades de hecho, que tengo hambre, sed y sueño. No nos perdamos en metafísicas.

Si desnudamos al hipercrítico de su envoltorio de intelectual, nos queda un perezoso. Un terrible comodón que, para evitarse el trabajo del estudio, se cree la última ironía que ha bajado (sirva la metáfora internáutica) en vuelo sin motor a su cerebro.

Para saber, hay que leer, hay que estudiar, hay que pensar. Sólo entonces se está en condiciones de criticar, de intentar distinguir el grano de la paja. Una cosa es la hipercrítica y otra el sano espíritu crítico. Pensar significa pesar. Hay autores con sustancia. Hay otros que son globos de gas. Pensar es pinchar globos. Pensar, putare en latín, es también podar. Quitar lo que sobra y quedarse con el cogollo. ¿Cómo se puede nutrir la inteligencia sólo, o fundamentalmente, de palabrería mediática?

Inteligencia deriva de escoger entre las cosas (Inter-legere). Pensar también se dice en latín cogitare: agrupar lo disperso.

En la vida práctica, en cambio, los hipercríticos suelen aparcar su hipercriticismo. Saben que rojo significa “alto”; verde, “pase”; saben cómo se abre un grifo, que la noche sucede al día, que la primavera prepara el verano, que el 1 de enero comienza un nuevo año… Si enferma su hijo lo llevan al médico, no al fontanero…

Pero en las cosas más inútiles y por ello más importantes el hipercrítico hace su agosto.

Según el maestro Curtius, los mayores enemigos del progreso moral y social son la apatía y la estrechez de la conciencia, junto con las pasiones antisociales de toda clase y con la pereza intelectual, o sea, el principio del menor esfuerzo espiritual, la vis inertiae.

El hipercrítico es un individualista, un egoísta feroz. Aunque parece muy libre, se ha apoltronado en el ámbito de la necesidad. Es un consumista. Fagocita las ideas y expurga las que no alimentan su estómago.

El hipercrítico no conoce el descanso. Necesita hojear (quizás sin ojear) la prensa, escuchar la radio, ver la televisión, navegar en internet, escuchar música. Todo menos pensar. No hay apenas sosiego. Huye del silencio, que fomenta el diálogo con uno mismo. La voz de la conciencia. El hipercrítico es un activista. Sabe que su verdad se llama status y, en lugar de trabajar para vivir, vive para trabajar. No tengo tiempo, no tengo tiempo, dice como los hombres grises de Momo, mientras se queja del execrable neoliberalismo….

Es un lobo para el hombre, quien no conoce cómo es, dijo Plauto. Leer a los clásicos. No basta diagnosticar la enfermedad –sería hipercriticismo-; hay, sobre todo, que aventurar terapias. Y una de ellas es la lectura de esas obras que ayudan a introducirse en los misterios (los clásicos de ayer y hoy, pues cualquier tiempo pasado no fue mejor).

Otros consejos para curar el hipercriticismo pueden ser:

· Lea un texto antes de criticarlo

· No piense que conoce un texto por el resumen sesgado que le pueda ofrecer un medio de comunicación

· Acuda a las fuentes

· Escuche dos veces más que hable (por algo tenemos dos orejas y una boca)

· Más que plantear diez puntos distintos de discusión intente llegar a algunas conclusiones razonables en uno solo de ellos

· Deconfíe de lo políticamente correcto

· Hay solvencias demostradas y solvencias por demostrar. Confíe más en el Quijote que en el próximo premio Planeta (por no criticar a nadie)

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