El misterio de Israel y la fe cristiana
La perennidad de Israel ha planteado problemas teológicos desde los primeros siglos. ¿Cómo interpretarla a la luz del misterio de Cristo? La tentación de considerar que los judíos fueron rechazados por no haber reconocido a Jesús como Mesías y que la Iglesia sustituyó a Israel en cuanto pueblo elegido de Dios ha rebrotado de diversos modos a lo largo del tiempo. Pero la teoría del rechazo de Israel es un error, un absurdo, pues supone que Dios puede ser infiel a su Alianza. Eso es no haber entendido el misterio de Cristo, afirma el cardenal Jean-Marie Lustiger en un libro que ha tenido amplia resonancia. La traducción española acaba de ser publicada (1).
Francisco Varo
28/01/2004.-
Uno de los personajes que pueden hablar con mejor conocimiento de causa sobre la presencia de Israel en el misterio cristiano es sin duda Jean-Marie Lustiger. Nació en una familia judía de origen polaco emigrada a París en los comienzos del siglo XX. Su madre fue deportada durante la ocupación nazi y murió en el campo de concentración de Auschwitz. Recibió el bautismo en 1940. En ese momento crucial de su existencia ya era consciente de que esta decisión no suponía renegar de sus orígenes, sino llegar hasta las últimas consecuencias en la fidelidad a la Elección divina, a la Alianza y a la Promesa de las que su pueblo se sabe depositario.
Israel en el misterio cristiano
La aventura de acceder al Evangelio guiado por las sugerencias del arzobispo de París constituye una continua provocación al lector, que a cada paso se siente movido a detenerse un momento para reparar más despacio en las consecuencias que se siguen de un texto, el bíblico, que tal vez ya pensaba conocer bien.
Por ejemplo, en el capítulo segundo del Evangelio según San Mateo, Lustiger observa que Herodes no es Israel, sino un rey pagano, idumeo; pero, en cambio, Jesús, el Mesías, sí que responde a las esperanzas de Israel. Herodes es un poder pagano que reina de modo tiránico. Su pecado consiste en negarse a reconocer lo que se da precisamente como una buena noticia, la gracia otorgada a Israel del advenimiento del Mesías; es más, en rechazar la Elección realizada por Dios para intentar quedarse él personalmente con su reino. La matanza de los inocentes está anticipando el misterio de la Pasión. El evangelista nos lo dice en un relato emocionante, casi insoportable: el rechazo del Mesías, su muerte operada proféticamente por Herodes antes de ser ejecutada por los romanos a través de la inmolación de los hijos de la casa de David (p. 67).
Uno de los momentos más íntimos, delicados e inquietantes del libro es aquel en que Jean-Marie Lustiger anuncia que desea compartir una reflexión interna: Debemos creer pues de lo contrario, Dios parecería incoherente con respecto a su promesa que todo el sufrimiento de Israel, perseguido por los paganos a causa de su Elección, forma parte de los sufrimientos del Mesías, así como la masacre de los niños de Belén forma parte de la Pasión de Cristo (p. 92). He aquí el núcleo mismo del entramado de pensamiento sobre el que discurren sus meditaciones: Si una teología cristiana no puede inscribir en su idea de la redención, del misterio de la Cruz, que Auschwitz también forma parte del sufrimiento de Cristo, nos encontramos frente a un absurdo total. Porque la persecución de los elegidos de Dios no es un crimen semejante a todos los crímenes que son capaces de cometer los hombres: se trata de crímenes directamente ligados a la Elección y, por lo tanto, a la condición judía. Hay que llegar hasta aquí en la comprensión de los hechos (ibid.).
Las promesas hechas a Israel
No es posible, desde una perspectiva coherente con la fe, reducir la consideración de Israel a una cuestión étnica. Las consecuencias morales son presentadas con toda radicalidad: Si los paganos que tienen acceso a la Alianza en Cristo no recorren ese camino, corren el riesgo de no convertirse realmente y, por lo tanto, de despreciar a Cristo aunque crean honrarlo. ( ) Una de las posibles causas de la crisis actual de la fe en Occidente es, en parte, que el dios al que se rehúsa no es otra cosa que el dios de los paganos disfrazado de Dios de los cristianos (p. 130).
También la meditación de la Pasión desde la perspectiva del misterio de Israel en el interior de la fe cristiana, ayuda a comprender mejor algunas frases que han planteado graves problemas exegéticos y, lo que es peor, han sido mal interpretadas para justificar torcidas acusaciones de pueblo deicida a los judíos. Es el caso del grito del pueblo ante Pilatos, cuando éste finge declinar toda responsabilidad: ¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos! (Mt 27,25). Lustiger hace notar que resulta absurdo entender la exclamación como una auto-acusación de culpabilidad. En realidad, es una frase profética. Recuerda a la que dice Moisés al pie del Sinaí, cuando sella la Alianza entre Dios y su pueblo, derramando sobre él la sangre de las víctimas (Ex 24,8). Es proféticamente un signo de perdón y de bendición. Hay que tener realmente una imaginación sin fe para ver en esa frase una reprobación. Eso sería no entender nada de lo que es la sangre de la Alianza. ¿Cómo podría condenar la sangre de la Alianza, si en realidad salva? Sería no creer en el Salvador (p. 149).
La realidad cristiana para los judíos
El camino del reconocimiento y asimilación en la Iglesia de lo que supone Israel en el corazón mismo del mensaje cristiano, que se ha ido abriendo paso cada vez con más fuerza en la segunda mitad del siglo XX, podría llevar consigo una reacción hasta cierto punto simétrica.
En efecto, a lo largo de los veinte siglos pasados casi no hubo, por parte de los judíos, un reconocimiento del hecho cristiano, salvo para acusar ocasionalmente a los cristianos de blasfemia y de persecución. Pero en las últimas décadas, tampoco han faltado reacciones de reconocimiento por parte de algunos judíos. La Declaración Dabru emet del año 2000 es una buena muestra (cfr. servicio 153/01).
Las cuatro conferencias dirigidas a un auditorio mayoritariamente judío que constituyen la segunda parte del libro son testimonio del esfuerzo por explicar el hecho cristiano con un lenguaje y unas actitudes que permitan ser escuchados con atención por quienes contemplan las cosas desde la perspectiva cultural y vital del judaísmo. En ellas se recuerda de un modo u otro que se ha avanzado mucho, pero que aún se puede llegar mucho más lejos.
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