Mono, t.

Tronchada estoy, de risa claro, desde que hablan de la «eutanasia de
Copito de Nieve». O sea, que lo que nos veíamos obligados a hacer de toda
la vida cuando sacrificábamos al perrito viejo, al gato sobrante o al
canario enfermo, ahora se llama «aplicar la eutanasia». Todo sea por la
corrección del lenguaje. Lo mejor ¬o peor¬ de todo ha sido la salida a la
palestra de Salvador Pániker, presidente de la asociación Derecho a Morir
Dignamente (DMD). Ha dicho don Salvador que no ve la diferencia entre un
gorila y un ser humano y que, por lo tanto, la eutanasia tendría que ser
legalizada en España «también en el caso de los humanos».

No le quiero ni
contar a don Salvador la de cosas improcedentes que nos podrían pasar a
los humanos si extrapolásemos el trato animal al humano. Desde
acoplamientos múltiples con diversos sementales, hasta engullimiento de
los propios hijos pasando por canibalismo mutuo. Yo creo que la
autoconciencia del ser humano, su libertad, su capacidad de amar y ser
amado, su sentido religioso hacen de él algo bien distinto del animal. Y
creo que es esta diferencia la que me hace incomprensibles las
declaraciones de Pániker: «Queremos que se acepte la eutanasia para evitar
a los enfermos el mismo sufrimiento inútil que tenía que soportar Copito».
Me parece que aquí está el meollo de la cuestión. Al animal enfermo lo
sacrificamos por la inutilidad de su sufrimiento y por aliviárselo lo
antes posible, así como por las molestias emocionales y físicas que para
nosotros entraña su compañía en semejantes condiciones; en definitiva, en
la salud y la hermosura radica buena parte del valor de un animal. El
hombre enfermo, en cambio, no se ve privado de ninguna de las
características que le dan su valor específico. Ni de autoconciencia, ni
libertad, ni capacidad de amar y ser amado, ni sentido religioso. Ocurre,
por el contrario, que los enfermos llegan a constituirse en ejemplos de la
raza humana, y estoy pensando en gente como Stephen Hawkins, quizá el
físico más destacado de nuestra época, confinado en una silla de ruedas y
limitado a expresarse mediante un ordenador. Es verdad que no todo el
mundo es Hawkins y que muchos de nosotros tiraríamos la toalla mucho
antes, pero tenemos una ventaja, y es que somos seres sociales. Esto es,
nuestra autoestima, nuestro deseo de vida dependen íntimamente del aprecio
que por nosotros demuestren los demás. Por el contrario, en la medida en
que progrese la mentalidad de la muerte será más y más fácil desear morir.
Abogar por la eutanasia es abogar por un individualismo lacerante, donde
cada uno quede abandonado a sus propias y limitadas fuerzas. Salvador
Pániker ha lamentado que todavía exista en España el «estigma religioso
procedente del Vaticano que hace creer a la población que estamos por
encima de los animales». Me felicito de este comentario.

Cristina López Schlichting

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