Lo obsceno
El marciano más famoso de este país Javier Sardá, presentador de Crónicas Marcianas- reconoció en Tele 5 que «estaría dispuesto a hacer todo lo que el público quiera, pero siempre como yo quiero», y dijo no importarle lo que piensen otros compañeros de él: «He perdido el respeto de la profesión, pero he ganado el respeto del director de mi agencia bancaria». También sentenció que otra de las claves de su espacio, al que tildó de «políticamente incorrecto», es que «el público quiere un sitio donde se hable normal y donde puedan oír lo que no se dice en ningún otro lado». Ante este panorama de genialidades publicamos un artículo de nuestro colaborador que -a nuestro juicio- pone un dedo en una de las llagas.
Ya van varias veces seguidas que escucho a un político, concretamente a varios, calificar de obsceno lo que ha dicho otro político.
Un diputado puede decir una incoherencia, o puede meterse con la capacidad intelectual de su oponente, o puede hacer una propuesta ridícula, o puede dar la sensación de actuar con mala intención, pero no por eso su comportamiento será obsceno.
Yo creo que obsceno es Gran Hermano; obsceno es Crónicas Marcianas; obsceno es el Diario de Patricia; obsceno es A tu lado; obsceno es el final del noventa por ciento de los telediarios; obscenas son las cuatro últimas páginas de muchos periódicos españoles casi todos los días.
Al menos estamos de acuerdo en que lo obsceno es algo rechazable, por ser malo. Y en que el significado de las palabras viene en el diccionario.
Obsceno es lo impúdico, lo ofensivo al pudor. Obsceno es el adjetivo que merecen muchas actitudes humanas que desprotegen la intimidad corporal y sentimental de las personas. Obsceno es que las niñas se empeñen en enseñar el ombligo y sus alrededores aun en pleno noviembre, en plena calle, porque es lo que venden ahora en las tiendas de ropa, y además es lo que lleva la cantante menganita (que, normalmente, de cantante tiene poco: esas artistas le deben los garbanzos y la limusina al invento del video-clip: sin imágenes están perdidas). Obsceno es que los niños enseñen los calzoncillos por encima de un pantalón caído hasta las rodillas. Obsceno es el adjetivo conveniente cuando va uno por la plaza sorteando parejitas que no tienen otro sitio mejor para manifestar su deseo de comerse mutuamente. Obsceno es tener en el kiosco tropecientas revistas, chiquicientas de las cuales venden fotos de carne humana en la portada, cuando no intimidades humanas en páginas centrales de ! huecograbado. Obsceno es el oficio, lucrativo o no, de andar exhibiendo y proclamando las interioridades de unos y de otros, al mejor postor o al que quiera escucharlo.
Todo eso es obsceno. Y es obsceno porque atenta al pudor: porque expone a la mirada pública imágenes o sentimientos que deben permanecer en la intimidad para no hacer objeto de curiosidad o de comercio lo que pertenece a la persona como un derecho irrenunciable. Porque, al mostrar fuera de su ámbito natural determinadas imágenes corpóreas o sentimientos íntimos, sucede que se hiere la discreción, la sensibilidad y la dignidad propias y ajenas. Y esa discreción, esa sensibilidad y esa dignidad son objeto de una protección incluso penal en los países desarrollados, por ser consideradas bienes jurídicos protegibles.
Si usted produce ruidos que distorsionan el ambiente, o llena el aire de humo por encima de los niveles saludables, o enciende el teléfono móvil en la UVI, o se hace caquita en la esquina, junto al estanco, está usted haciendo lo que quiere, pero está usted molestando, está usted agrediendo a todos. Con el pudor sucede algo parecido: haga usted lo que quiera, pero no me meta el pié en la boca, ni en la oreja, ni por los ojos.
El pudor, propio y ajeno, es una eficaz salvaguarda de la dignidad de la persona. Y, del modo de percibir y de tratar esa dignidad, depende la calidad moral de la vida de la sociedad.–
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