Televisin y futuro
La calidad técnica, los contenidos y la restringida oferta de nuestras televisiones suscitan críticas casi a diario.
Muchos temas se mezclan y confunden en el debate sobre la televisión. De un lado, está el modelo estructural básico y el modelo tecnológico, que va unido al anterior. De otro, los contenidos que distintos medios y empresas productoras ofrecen, dentro de distintos marcos televisivos, como son el privado y el público. Y dentro de este último apartado tenemos televisión estatal y televisiones autonómicas.
Televisión como entretenimiento, televisión para informar, televisión para formar y en qué sentido, televisión cultural y qué tipo de cultura
El laberinto y desorden son tales, que urge poner mucha cordura en todo el sistema. Pero no con nuevos reguladores, más leyes que añadir a las existentes y mayor control político de un servicio que, fundamentalmente, es privado.
Nuestro modelo de televisión plural nace viciado desde principios de los 80, cuando el PSOE rompe con el monopolio heredado del franquismo atendiendo a intereses particulares. El Gobierno se arrogó entonces la propiedad del espacio hertziano y benévolamente concedió posibilidades de emisión a dos cadenas privadas y un monopolio a una tercera, en régimen de pago (codificada).
Como puede percibirse, la decisión no se caracterizó por su naturaleza democrática y abierta. Tales restricciones, de forma y número, no habrían aguantado ni el más mínimo análisis crítico si se hubiese intentado hacer otro tanto con la prensa escrita o las ondas radiofónicas, si bien estas últimas también sufren limitaciones de concesión política.
Para colmo, esa estructura básica obviaba las transformaciones tecnológicas que estaban por llegar y, si las tomaba en cuenta, añadía nuevas restricciones monopólicas para su explotación. La tecnología digital se concentró en una plataforma de pago cuyos contenidos eran suministrados por diversas empresas que debían contratar con el monopolio. Pero aún más burda fue la creencia de que toda la tecnología digital se desarrollaría exclusivamente por satélite, en aquel entonces casi la única alternativa, pero realmente cara en comparación con lo que el futuro en apenas unos pocos años nos ha deparado.
Los intentos de un Gobierno de otro signo por atemperar el poder monopólico en el satélite han incurrido en los mismos errores e insistido en idénticos principios políticos de privatizar aunque poquito, sin liberalizar el mercado previamente. De modo que nos encontramos con un servicio de televisión digital que técnicamente puede producirse no sólo por satélite, sino por ondas, infrarrojos, láser o cable. Y en este último caso, por auténtica banda ancha, como es la fibra óptica, y no a través del par de cobre.
La relación en este campo es tal, que hoy no puede contemplarse por separado la radio, la televisión, el cable, las telecomunicaciones o Internet. Otra cosa es que existan diferentes empresas, especializadas, que ofrezcan servicios en cada uno de estos negocios, pero no en régimen de monopolio, como ahora.
Con este nuevo panorama, cabe una mayor oferta temática en televisión y cierta especialización, a pesar de que las restricciones artificialmente creadas no permiten su consolidación. Y TVE tiene su hueco, desde luego, pero ya no como hoy se entiende.
Sus contenidos deberán revisarse y adecuarse a la calidad que se espera de una cadena pública y que pudieran no tener cabida en otros canales comerciales, aunque es de esperar que, en un sistema comercial más especializado, aparezcan canales exclusivos de cultura, documentales o cine de calidad. Aún así, no se justifica que, una vez sostenida con fondos de los ciudadanos, la televisión pública plantee los problemas de explotación que plantea o tenga pérdidas ni, por supuesto, una deuda viva acumulada de 6.200 millones.
De La Gaceta de los Negocios
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