España, en el corazón de Karol Wojtyla
Julián Herranz. Arzobispo presidente del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos. Será nombrado cardenal el rpóximo 21 de octubre en Roma.
¿Cuál será la actitud de Juan Pablo II ante las circunstancias y desafíos de la actual sociedad española, tan distinta de la que conoció en su primer viaje de 1982? Su respuesta será estimulante y realista, pues la coherencia entre fe y vida en el magisterio del Papa Wojtyla transmite siempre incisiva la Buena Nueva de Cristo. Su magisterio, a la vez tradicional y profético, refleja la presencia plena del tiempo en el alma humana, que San Agustín describe en sus Confesiones: «Lo presente de las cosas pasadas es la memoria, lo presente de las presentes es la contemplación, y lo presente de las futuras es la esperanza».
La «memoria de las cosas pasadas» en el alma de Juan Pablo II incluye tres razones principales -mencionadas también en conversaciones privadas- de su profundo afecto a España: la razón histórica de haber sido, ya en tiempos apostólicos, tierra donde prendió la semilla del Evangelio; la razón cultural de que sus raíces cristianas hayan inspirado obras literarias, pictóricas y arquitectónicas, ordenamientos jurídicos e instituciones universitarias mundialmente famosos; y la razón evangelizadora de los innumerables misioneros que iluminaron con el Mensaje cristiano otros pueblos y culturas.
Pero hay también una razón más íntima, ligada al recuerdo siempre vivo de aquel amigo de Cracovia, el sastre contemplativo Jan Tyranowski, que encaminó al joven Karol Wojtyla hacia San Juan de la Cruz -sobre el que más tarde haría su tesis doctoral en Teología- y Santa Teresa de Jesús, de quien el Papa reveló en Alba de Tormes: «Ella, con San Juan de la Cruz, ha sido para mí maestra, inspiración y guía por los caminos del espíritu. En ella encontré siempre estímulo para alimentar y mantener mi libertad interior para Dios y para la causa de la dignidad del hombre».
Este mismo ideal -defender la dignidad del hombre- inspira al Papa en la «contemplación de las cosas presentes», incluido el actual proceso de desarrollo en España de una sociedad democrática: floreciente en economía, sí, pero víctima del terrorismo y debilitada moralmente por la tendencia a un materialismo práctico, que humilla e incluso podría ahogar la dimensión religiosa de la persona y su misma libertad. Juan Pablo II insiste en que la auténtica libertad florece «cuando hunde sus raíces en la verdad sobre el hombre» y respeta por eso los derechos fundamentales que proceden de su dignidad. En su último discurso a la Asamblea General de Naciones Unidas, lo resumió en frase lapidaria: tutelar «la estructura moral de la libertad», por el bien de la humanidad.
El magisterio social del Papa Wojtila defiende «la estructura moral de la libertad contra las grandes utopías ideológicas que, convertidas en sistemas jurídicos y políticos a escala mundial, han conducido y en parte aún conducen a la humanidad a tantos errores y tantos horrores. Me refiero a la utopía totalitaria de la «justicia sin libertad» y a la utopía agnóstico-libertaria de la «libertad sin verdad»». La experiencia demuestra que una democracia «se enferma» cuando, bajo el influjo totalitario de la ideología agnóstica, niega en su ordenamiento social la existencia de una verdad objetiva sobre la persona humana y la ética natural, y delega siempre el establecer lo verdadero y lo justo a la sola opinión de la mayoría, a lo que suele llamarse la verdad «pactada» o «convencional».
En 1982, el Papa elogió en Salamanca la creatividad intelectual de Francisco de Vitoria, Martín de Azpilcueta y otros grandes teólogos y juristas que realizaron la apertura a «los problemas humanos (religiosos, éticos y políticos) surgidos con el descubrimiento de mundos nuevos». El Santo Padre subrayó tres principios: «La dignidad inviolable de todo hombre, la perspectiva universal del derecho internacional (ius gentium) y la dimensión ética como normativa de las nuevas estructuras socio-económicas». Esos mismos temas, afrontados en las grandes encíclicas «Veritatis splendor» y «Evangelium vitæ», siguen siendo de provocadora actualidad, también para iluminar en España y en el mundo el auténtico progreso de la democracia, de la libertad y de la paz.
El «presente del futuro es la esperanza». Cuando, ante los desafíos del Tercer Milenio y la nueva Evangelización, Juan Pablo II invita a «recomenzar desde Cristo», resuenan actuales las palabras de otro gran místico y poeta, Fray Luis de León, que el Papa bien conoce: «En Dios se descubren nuevos mares cuando más se navega». Como un relámpago que rompe las tinieblas y descubre en la noche el camino, así el chispazo de la Luz divina enciende horizontes nuevos. El magisterio del Vicario de Cristo ante la realidad actual de España iluminará caminos y quizá incluso descubra Mediterráneos. Pero lo demás, el caminar y el navegar, dependerá después del esfuerzo inteligente que se sepa poner. Algo semejante sucede con la poesía: decía Mallarmé que la inspiración poética no le da al poeta más que para el primer verso; las demás estrofas del poema dependerán de su habilidad de artista.
Todavía no hay comentarios
Replica