Complejos e hipocresa ante la prostitucin
Sé que, al abordar esta cuestión, este artículo será bastante leído: es la atracción del morbo. No por ello siento predilección al escribir sobre la prostitución, sino porque opino que no se deben esquivar las cuestiones espinosas y de actualidad. La ceguera interesada o mirar hacia otro sitio es otro modo de contribuir a la miseria.
Una noticia digna de consideración: el primer periódico mundial, The International Herald Tribune, propiedad desde enero del New York Times, acaba de decidir no publicar más anuncios de prostitución. El presidente de este periódico internacional difundido diariamente en 185 países-, Richard Wooldridge, ha dicho que esa publicidad no encaja en los estándares y valores de la compañía.
Esa publicidad está muy extendida en la prensa, por lo que es un auténtico toque de atención. Algún Director Comercial argumentará que, cuando tenga los ingresos publicitarios del primer periódico mundial, se planteará no incluir este tipo de publicidad. Es más creativo y profesional buscar otras fuentes de ingresos, y no entrar a formar parte de esos ingresos fáciles que se derivan del tráfico del sexo.
En los medios de comunicación se denuncian o simplemente se informa- las prácticas del turismo sexual, las redes de prostitución que usan, precisamente, en algunas ocasiones los anuncios publicitarios- y la prostitución callejera. No parece congruente con unirse a los beneficios del mercadeo sexual a través de la publicidad. Entre otros motivos, hay que cuestionarse la facilidad que otorga a los menores, con información puntual en el diario que está en la sala de estar de la familia, para usar líneas eróticas u otro tipo de servicios.
Algunos parecen refugiarse en el argumento de que la prostitución es un hecho, una realidad, que hay que regular para que no se explote demasiado injustamente. Aparecen los complejos por no entender que el sexo es una dimensión de la personalidad humana, susceptible por tanto de una dignidad o indignidad, y no como algo fisiológico.
Otro tanto ocurre con la prostitución callejera. No se puede permanecer indiferente, porque es una provocación. Que no se me diga que es como quien vende pipas o castañas, un músico ambulante o un payaso. Son entretenimientos o servicios sanos, populares.
Ante las cuestiones éticas sobre todo si suponen un negocio-, se orquesta una campaña semántica. Se empieza por suavizar el hecho: en vez de aborto, interrupción voluntaria del embarazo; en vez de prostitución, trabajadoras del sexo. Después, se acuñan unos términos para los que quieren aprovecharse del permisivismo, de modo que, como en las batallas, se establecen dos bandos enfrentados: por un lado, los abiertos, modernos o tolerantes; enfrente, los cerrados, antiguos o intolerantes, cuando no mojigatos.
Es la gran trampa, en la que caen muchos: por miedo a ser tachados con algún calificativo incómodo, se deja de opinar en los medios de comunicación y hasta en reuniones de amigos. Mi pretensión es que la prostitución se aborde como lo que es: si tan digna fuera, las personas que la ejercen no buscarían salir de ese mundo en el que se meten por engaño o por necesidades económicas sangrantes.
La prostitución encarna muchas miserias. No pretendo hacer un llamamiento a una intransigencia cerril ni mucho menos violenta, una persecución obsesiva de lo que en sí mismo es una lacra. Pero a lo que me resisto es a que algunos la promuevan y fomenten, por el lucro fácil que supone, con la aquiescencia y el silencio culpable de una mayoría social que coincide con mi modo de pensar. Apelo al sentido común ciudadano, siendo coherentes y valientes, en vez de caer en la red de un permisivismo que no es otra cosa que una justificación de los ingresos o una clara claudicación humana.
Por ello merecen todo mi respeto y apoyo las organizaciones y personas que ayudan con cursos, ayudas económicas o cualquier tipo de apoyo humano a las personas que se hallan atrapadas en la prostitución. Son personas que, para resolver una miseria económica, recurren a una miseria moral. Es muy cierto que no podemos limitarnos a denunciar la prostitución sin ofrecer salidas reales, como una muestra más de la solidaridad humana, y podemos hablar de una gran hipocresía de los países desarrollados en esta materia, de la que el turismo sexual tal vez es su manifestación más cruel.
Resulta difícil estar de acuerdo con estos argumentos y contemplar pasivamente o con cierto cinismo y hasta en tono de broma fácil- la prostitución callejera, o no cuestionarse la publicidad de los denominados servicios eróticos en ciertos medios de comunicación
Todavía no hay comentarios
Replica