Garci, Ayala y el valor de la ficcin
Una de las televisiones españolas emitió, creo que fue el domingo, You´re the one, película de José Luis Garci que le reconcilia a uno con el cine español, porque su bella factura no debe nada a ese expresionismo zafio ni a ese afán de venganza política que llevan tanto tiempo estragando al espectador. Y en la prensa, alguien repitió la misma sectaria crítica que ya había proferido en una ocasión anterior, otorgándole la estrella única que se da a las películas regularcillas tirando a malas. ¿La razón? You´re the one idealiza la posguerra, cosa que no es admisible porque fueron unos tiempos terribles.
No hay nada de cinematográfico en los motivos del comentarista: simplemente el filme recrea una época con una óptica diversa a la suya y eso no se puede consentir. Así se escribe la crítica, y no sólo por parte de este hombre, cuyo nombre no recuerdo ni viene al caso. Y lo chusco es que, desde mi modesta perspectiva, en You´re the one no se ve la idealización por parte alguna: ahí está la represión, ahí están los desgarros familiares, ahí la censura… Si algo hay idealizado son los recuerdos y el paisaje.
Pero pongamos que la película falseara, realmente, la historia. ¿En qué limbo vive este crítico? Como si fuera la primera vez, o la segunda, o la tercera, que una buena obra de arte se permite hacer eso. A este buen hombre no le hablaron en el bachillerato del Cantar de Mio Cid, entre otras cosas.
Recuerdo a este propósito un artículo de Francisco Ayala, donde recordaba que, por encima de los hechos relatados, el interés de una novela está en el elemento humano. Quizá no sienten (interés) ninguno por los concretos hechos históricos allí referidos, pero sí por la humanidad revelada a través suyo. Yo no tengo empacho en reconocer que La Regenta es una novela de primera, a pesar de que no reconozca en Fermín de Pas a un sacerdote católico, porque el auténtico interés de la obra está en el choque de dos personalidades subyugantes como la del magistral y la de Ana Ozores. Miles de lectores tragan hoy embobados novelas como Cien años de soledad, Conversación en la Catedral o la propia Muertes de perro de Ayala, extasiándose ante el compromiso del autor, que denuncia valientemente la dictadura, y quedándose sin saberlo en la más estéril superficialidad, porque no es en el argumento donde han de buscarse la intención última y la originalidad de una obra de arte.
Es una pena que a Francisco Ayala le quede tan poco tiempo entre nosotros. No es frecuente oír pensamientos tan certeros y, al mismo tiempo, tan sencillos, no sólo sobre la obra de arte, sino sobre nuestro mundo, un mundo (decía) que parece haber eliminado de una vez para siempre el aspecto moral de todas las cuestiones. ¿Pesimismo o lucidez?
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