Ensear la religin desde el laicismo
Se entiende por axioma un principio que no requiere demostración y sobre el cual montamos el desarrollo posterior de una teoría. Régis Debray, intelectual ex comunista y ex titular del Ministerio francés de Cultura (como antes Malraux, como en España Jorge Semprún) ha disertado recientemente sobre el hecho religioso y la enseñanza, en una ponencia de la que El País publicaba un resumen. El discurso de Debray partía de un axioma: el laicismo es principio y método fuera del cual la enseñanza no sería viable. Esta proposición, que cualquiera entendería como muy discutible, no es argumentada nunca por el autor, sino que la convierte en pilar inconmovible de toda su teoría.
Para Debray, pues, la religión no debe contaminar ni la enseñanza ni la vida civil, que se rige por sus propias normas. No obstante, su intervención se centra en una defensa cerrada del estudio del hecho religioso en la escuela. No en vano la religión es …más que una íntima esperanza o que una opción espiritual dependiente del libre albedrío de cada uno. El hecho de conciencia es un hecho de sociedad y de cultura. Un hecho social total, que desborda el sentimiento privado y la inclinación individual, en las calles, las artes, las jurisdicciones. Las religiones afectan a la pesada base de las mentalidades, y no solamente a la historia de las ideas. Es esta dimensión colectiva y de identidad, inscrita en la carne de las sociedades, la que le da su lugar como objeto de estudio en la enseñanza pública.
Sabias palabras, que tanto hemos deseado ver escritas en un medio de amplia difusión. Sin embargo, no termino de entender cómo eso podría seguir siendo así si la sociedad civil evita cuidadosamente todo contacto con lo religioso. Estaríamos estudiando un fenómeno condenado a desaparecer, un fenómeno del pasado, como el feudalismo o el código de Hammurabi. Una religión que no se hace presente en la sociedad civil está ya muerta. Hay algo de contradictorio en los argumentos de Debray, o así me lo parece.
Se trataría de estudiar y de enseñar el hecho religioso desde una perspectiva aséptica, como se haría con la corriente del golfo o con la función clorofílica, sin que el docente se implicase en lo que enseña. Enseñar un hecho que es una realidad, pues, dice, no podemos cerrar los ojos a las catedrales, al arte cristiano o a la música gospel.Todo eso nos suena ya aquí, en España, en el marco de los debates sobre la tan traída y llevada asignatura de Religión.
El problema es que eso es imposible sin deformar de algún modo el objeto de estudio, y el propio texto de Régis Debray lo pone de manifiesto de manera, diría, clamorosa. Cuando habla de los caracteres del hecho religioso, no puede sustraerse a viejas falsedades, o peligrosas simplificaciones. Habla, por ejemplo, de la religión como la vitamina del débil (si los santos son débiles, ¿quiénes son los fuertes?); y deduce que el objeto de la enseñanza de la religión sería formar ciudadanos… difíciles de gobernar -difíciles de manipular y enrolar en sectas… porque han adquirido el espíritu crítico”; y eso es así, pero no en el sentido en que él lo dice, identificando secta con religión, cuando son lo más opuesto: la religión, en efecto, libera, y la secta esclaviza. Su axioma laicista le limita también gravemente cuando afirma que en la Cumbre de la Tierra, en Johannesburgo, tres Estados bloquearon con su veto la adopción de una resolución sobre la planificación familiar, oponiendo a los derechos humanos universales el derecho particular de las tradiciones religiosas. Le limita porque le impide ver que esos derechos humanos universales hallan su fundamento justamente en la religión, y concretamente en la cristiana. No hay, pues, enfrentamiento entre lo uno y lo otro, como no la hay entre religión y cultura, por más que insista en hacer comprender a los alumnos que (hay que) dar a la cultura lo que es de la cultura, y a los cultos lo que es de los cultos.
Entonces, si la religión fuese en mengua de la cultura, de los derechos humanos, de la libertad y… de la fortaleza, ¿quién optaría por ella? Si además la sociedad civil la arrincona, ¿quién v a pensar que es algo edificante? La conclusión se impone: o enseñamos en la religión o contra la religión. El empeño de Régis Debray es irrealizable, porque no estamos hablando, en efecto, de la función clorofílica, sino de algo que compromete al ser humano hasta los tuétanos. Y esconde, ese empeño, una clara beligerancia. Eso es el laicismo, en el fondo: una toma de partido contra lo religioso como contrario a la convivencia. Cosa distinta es la laicidad, que es lo que oficialmente tenemos, aunque muchos no acaben de advertir la diferencia. La laicidad significa que el Estado, y con él el colegio, el hospital o el alto tribunal, no son católicos (por ejemplo), por la misma razón que no decretamos la catolicidad de las plumas Parker: para que un judío no se sienta obligado a usar una Inoxcrom. Lo que no impide que las instituciones garanticen el derecho a la educación religiosa y reconozcan la presencia y el influjo benéfico de la religión en la sociedad. El distingo es esencial, y no hay que olvidarlo. Jesús Sanz Rioja
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