Julian Marias

Hoy la cosa va de mails. Esto me lo envía un amigo.
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Gracias por el Mail, Alberto. Este es el mejor código que existe. Julian
Marías Aguilera es el AMO.
AMO a Julián Marias. Es como tener a Chesterton vivito y coleando en
castellano (un poco menos literario y un poco más filosofico pero con la
misma solidez de criterio y la misma comprensión del hombre y la mujer de
nuestro tiempo).

En mi opinión es la cristalización perfecta del TALANTE
ante la vida que debe tener un cristiano intelectual. Es sincero, valiente,
reposado, trabajador, constante. Y sobre todo una cosa: es buena gente. Pasa
lo mismo que con Tolkien o con CS Lewis, leyendoles te das cuenta de que son
buena gente que quiere a las personas que les rodean y que se preocupan por
las cosas que van mal desde el cariño y no desde la ira o el escándalo. Leer
a este tio es como tener una buena conversación con un colega: te enriquece
y amplia tu manera de pensar. Puedo decir sin sombra de duda que de mayor me
gustaría ser como Julian Marias. Lamentablemente nunca lo seré porque este
tio es una computadora humana pero bueno….

He encontrado este link:
http://piedraverde.com/marias/abc/index.html
con todas sus “Terceras” o al menos la mayoria. Daos un rulo y si hay algun
título que os mole echadle un vistazo. Hay veces que habla del aborto o de
temas serios y otras veces habla de tal o cual pelicula o de alguna novela o
incluso de OT creo que ha llegado a escribir. Con los ojos que tiene llenos
de bondad y criterio habla de las cosas de una manera que te da la impresion
de no haber visto la misma pelíccula que el.

Nos la vemos. Recordad que sois todos basura pero que os amo en vuestra
poquedad.
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Males presentes

Por JULIÁN MARÍAS, de la Real Academia Española

HACE cosa de veinte años dije que tres males amenazadores del mundo
actual, en especial de Occidente -el terrorismo organizado, la difusión
universal de la droga y la aceptación social del aborto-, se habían
constituido y consolidado en la decena de los años sesenta.

Ciertamente eran mucho más antiguos, no se inventaron entonces, pero hasta
esas fechas habían tenido carácter esporádico, individual y carecían de
vigencia social. Ahora parece notorio que esas amenazas se han cumplido
con creces. El terrorismo, lejos de ser una serie de actos aislados y casi
siempre anormales, ha alcanzado una organización, un desarrollo y una
riqueza de recursos que lo convierte en algo nuevo y extremadamente
peligroso. Mientras el número de personas que se drogaban en el mundo se
podía calcular en algunos centenares de miles, esas cifras podrían ahora
trasladarse a cualquier gran ciudad de cualquier parte. Finalmente el
aterrador descenso de nacimientos en Europa, la esterilidad que ha sido
inseparable de las decadencias a lo largo de un par de milenios de
historia, hacen que ese hecho aparentemente estadístico sea una alteración
profundísima de la manera de vivir.

En los últimos años se han multiplicado las actividades terroristas de uno
u otro signo en proporción incomparable con el pasado reciente. Se dispone
de inmensos recursos económicos, de perfecta organización, de técnicas de
proselitismo, con una extraña propensión a la imitación y el contagio.
Este hecho enorme no es homogéneo, hay evidente predominio de ciertos
caracteres y vinculaciones; pero sería peligroso generalizar
apresuradamente y establecer filiaciones que, aun existentes, reclaman
matices y distinciones que eviten el error apresurado.

La variedad más frecuente hoy consiste en el secuestro de amplias
multitudes de personas inofensivas, y que no tienen que ver con ningún
tipo de beligerancia, por bandas eficacísimas de terroristas provistos de
todos los recursos necesarios y con una extraña propensión a las actitudes
suicidas. Este último rasgo, tan sorprendente como frecuente, se venía
dando de manera individual, por parte de personas que sacrificaban su vida
con tal de conseguir una mortandad indiscriminada. Este fenómeno de
difícil comprensión, pero cuyos motivos habría que indagar con rigor, se
ha hecho colectivo y afecta a grandes grupos que hasta hace muy poco no
existían.

Hay un fondo patológico en todo esto, que se manifiesta en el hecho de lo
que he llamado imitación o contagio: cuando se cometen dos o tres actos de
estos caracteres, se puede predecir que se van a multiplicar en los meses
siguientes. Podríamos decir que se convierten en siniestras «modas», a las
que se apuntan fríamente grupos inesperados y de los que se ignoraba hasta
la existencia.

Habría que descender al fondo de las actitudes vitales, de las
interpretaciones de lo que es la vida y la personalidad en diversos grupos
o países, para averiguar qué se espera en cada caso o por qué se
desespera. Un análisis riguroso de estos hechos criminales llevaría a
descubrir secretos muy hondos de la manera de sentirse instalados los
diversos tipos de hombres de nuestro tiempo. Una gran parte de las
conductas que nos presenta cada día la información hubiera sido
simplemente imposible desde los supuestos de lo que durante bastantes
siglos ha sido normal en los pueblos occidentales. Durante siglos, la
vigencia del cristianismo, aun en forma deficiente, residual y hasta
hostil, eliminaba la mera posibilidad de actitudes que hoy se difunden de
manera inverosímil. ¿Es simplemente una mengua de las creencias, un
abandono de convicciones que parecían sólidas, una aproximación a modos
radicalmente diferentes de entender la vida humana y sobre todo quién es
el hombre?

He tropezado hace algún tiempo con lo que he llamado «fragilidad de la
evidencia»: el hecho de que, después de ver con claridad indubitable algo,
la presión de las circunstancias, de lo que se dice y repite, hace que
desaparezca la anterior claridad y se pierda lo que parecía conquistado y
firme. En la vida cotidiana de nuestros países se observa el hecho
frecuentísimo de que personas normalmente buenas, con principios de los
que no reniegan, hacen cosas que no están bien, pero procuran convencerse
de que lo están, sin seguridad, con una casi involuntaria confusión que
les permite adherir a lo que en el fondo rechazan. Las relaciones
personales, sexuales, matrimoniales, en los últimos decenios reflejan
claramente lo que me parece difícil de entender si no se ha renunciado a
la claridad.

Son conductas que se podrían llamar «crepusculares», indecisas, a medias
tintas entre la luz y la tiniebla, en que «todos los gatos son pardos». En
esa zona de penumbra viven innumerables personas que se quedarían
sorprendidas si reflexionaran un momento sobre lo que es el contenido
efectivo de sus vidas.

Nuestro tiempo suele contentarse con informarse de los hechos y, a lo
sumo, cuantificarlos mediante estadísticas. Es dudosa la eficacia de estos
métodos, desde luego son insuficientes. El hombre, aunque se obstine en
negarlo o en hacer como que no se entera, es libre y por ello responsable,
y tiene que justificarse por lo pronto ante sí mismo. Cuando no lo hace
sabe que se está engañando, que está cerrando los ojos a lo que ve apenas
los entreabre, para poder seguir sesteando en esa zona de penumbra en la
que dimite de lo que lo es más propio, de su condición inexorable e
intrínsecamente personal.

Hay que dar un paso más. Detrás de las noticias que nos llegan todos los
días y de todas partes, hay que indagar cómo han llegado a ser posibles.
Volvamos a ese decenio de los años sesenta. Allí se puede descubrir el
origen profundo de lo que hoy constituye el aspecto más notorio de la vida
cotidiana en los países de Occidente y en aquellos que son consecuencia
más o menos inmediata de su técnica, de su influjo y de su irradiación.
Solo esto nos permitiría acabar de comprender lo que parece simplemente en
buena medida incomprensible.

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