Exorcismo III
Se da la circunstancia de que FE Y RAZÓN, el suplemento de religión de LA RAZÓN, el 15 de mayo se publicó un reportaje de José Antonio Fúster donde narraba un exorcismo idéntico al que ahora explica José Manuel Vidal en EL MUNDO [puede verse en los archivos de Iglesianavarra.org].
O si se prefiere algo más completo en el comentario en e-cristians
Esto es del 15 de Mayo
¿En el nombre de Dios, sal de esta criatura!
La Razón
LA RAZÓN relata parte de lo que se vio y se oyó durante un exorcismo realizado por un sacerdote católico
Todo empezó a las once de la mañana de un día indeterminado, hace ya algún tiempo y lejos de Madrid. Este diario, fiel a la palabra empeñada, no puede revelar el lugar ni tampoco el día en el que asistió, quizá el primer periódico de toda Europa, a un exorcismo realizado por un sacerdote católico. Sobre la verdad del exorcismo, a este diario se le aseguró que en este caso se cumplía lo que regula el canon 1172 del Código de Derecho Canónico: «1: Sin licencia peculiar y expresa del Ordinario del lugar, nadie puede realizar legítimamente exorcismos sobre los posesos. 2: El Ordinario del lugar concederá esta licencia solamente a un presbítero piadoso, docto, prudente y con integridad de vida». Se peude seguir en Iglesia Navarra15 de mayo de 2002
La estancia tiene el techo bajo, sin ventanas. En el centro hay un arcón enorme que hace las veces de altar. Sobre él, una gran Cruz de Trinidad y sobre ésta la luz mortecina de un halógeno que deja la habitación envuelta en penumbras. En la pared, una talla de la Virgen con el Niño. En el suelo, una colchoneta perpendicular al altar. A su lado, un cuenco con agua bendita, una Biblia y un crucifijo.
¬Podemos empezar.
La joven es menguada, pero no flaca. El pelo moreno recogido en una coleta. Los ojos de intenso azul. Los labios, bien definidos, aunque contraídos en una mueca lastimera. Su único vestuario son unos vaqueros azules, un jersey fino de cuello alto y unos calcetines de deporte. La madre parece muy cansada mientras ayuda a su hija a tumbarse. Luego se arrodillará a su lado y no abandonará esa posición hasta el final.
¬Luego llegarán los que vienen a ayudarme… Ahora rezaré por ti.
El exorcista se arrodilla sobre el extremo de la colchoneta más alejado al altar, extiende su mano diestra sobre el rostro de la joven, pero sin tocarla. El sacerdote cierra los ojos.
No más de cinco segundos después de que el exorcista comience su oración, el cuerpo de la joven se estremece vívidamente. Su cabeza se mueve de un lado a otro mientras gime como lo hace el que sufre una pesadilla y no puede despertarse. Al poco, el gemido se convierte en un grito desgarrador y violento. El sacerdote busca el agua bendita. Hunde la mano en el cuenco y salpica el cuerpo de la joven. Los gritos se elevan hasta el espanto. Su cuerpo se estremece y con una voz más profunda, entre aullidos de tortura, salen, lentamente, estos lamentos:
¬¿No estoy bien aquí! ¿No estoy bien! Me quiero ir…
El sacerdote no se inmuta.
¬¿No estoy bien! ¿No, no, noooo!
El exorcista le ordena que repita:
¬In principio erat verbum!
¬¿No!
¬Repítelo en nombre de Cristo, es Cristo quien te lo ordena.
¬¿No repito nada!
¬Por la sangre preciosa de Cristo.
¬¿Me estoy muriendo, me estoy muriendo! ¿Me estás matando! ¿Asesinos! ¿Asesinos! ¿Asesinos!
Dos hombres entran en la estancia y toman posiciones a los pies de la colchoneta. Con paciencia infinita, la madre coloca una y otra vez sobre el pecho de su hija un rosario que no resiste las convulsiones de la joven. Al poco, el exorcista se levanta y sale de la estancia, no sin antes encargar el rezo del Rosario.
¬Dios te salve, María…
¬¿Dejadme, dejadme!
¬Santa María, Madre de Dios…
¬¿Me muero! ¿No puedo más!
¬Dios te salve, María…
¬¿No estoy bien aquí, no, no, no!
¬Santa María…
La joven suspira violentamente y musita algo muy rápido. Habla una lengua extraña. Todos se detienen. Uno de los hombres que está a los pies de la posesa, el que dirige el rosario, se acerca a su rostro y le pregunta: «¿Qué dices? ¿Repite!»
¬¿No he podido matarla a ella tampoco. Quería matarlas a las dos, pero no me deja hacer nada! ¿No puedo más, no puedo más! Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Asesinos! Me estáis matando todos. Incluso ella; ella también.
Se hace por primera vez el silencio (o por lo menos así lo recordamos). Dura poco, hasta que suenan unos sonidos guturales que cesan pronto. Entonces, la joven anuncia:
¬Ella está aquí. No la quiero. No, no la quiero. Ella ha venido.
¬¿Es la Virgen?
¬Sí; y un ejército de ángeles.
La madre se acerca y pregunta:
¬¿San Miguel está aquí?
¬Sí.
Entonces se desata lo que parece un durísimo combate. La joven grita y se retuerce. La madre se encara con el rostro deformado de su hija:
¬Ella quiere que te vayas.
¬Sí, pero no me quiero ir. ¿Estoy muy mal, estoy muy mal…! Me quiero ir… pero no me voy.
El exorcista ha vuelto. Arrodillado de nuevo en la cabecera, extiende de nuevo su mano y ordena:
¬En el principio era el Verbo… Santo, Santo, Santo, Santo.
La joven suspira agotada y musita: «In principio erat verbum, et verbum erat apud Deum…» Luego suplicará: «No más, no más…»
Pero el cura le insta a repetir y la joven gime: «¿No tiene bastante? Jesús es el Salvador, pero no mi Salvador, porque yo no lo quise. Me muero. Me has vencido, no puedo más; me quiero ir. ¿Asesinos!»
¬Jesús…
¬No, Jesús no.
¬Aplastará la cabeza del dragón.
¬No.
¬Vete ya.
¬No.
¬Es Él quien te lo manda.
¬Sí.
El exorcista toma el agua bendita y rocía el cuerpo de la joven. Ésta mueve la boca en una mueca que le deforma el rostro mientras suplica.
¬¿Ay, ay, ay! ¿Eso no, eso nooo..!
La madre, «con una fe poderosísima», como aseguraría después el exorcista, saca una estampa de la Virgen y la acerca a su hija.
¬Bésala en nombre de Jesús.
La joven no responde. Con los ojos cerrados, como desde hace ya más de dos horas, levanta la cabeza, bufa como si fuera un gato, y trata de morder la mano de su madre; pero no lo consigue. Sus movimientos son torpes. La posesa levanta la mano y se toca la cabeza, justo por encima de la oreja derecha.
¬¿Abre los ojos! Mira a la Virgen.
Ella abre los ojos por fin. Su mirada está perdida. Son ojos muertos.
Entre el rumor de las oraciones, la joven alza de nuevo la mano derecha y se la lleva a la garganta. Parece que algo le molesta. Su madre holga el cuello del jersey y así puede, aunque torpemente, sacar la medalla de San Miguel que lleva colgada de un trozo de cordón. La joven, en silencio, toma la medalla, la alza, señala con su dedo índice el trozo de metal y luego gesticula como rebanándose la garganta.
¬Me va a cortar el cuello.
¬¿Es el momento! ¿En el nombre de Dios, abandona a esta criatura!
El sacerdote no dice palabra, pero ella, la joven, grita:
¬¿No me gusta el Apocalipsis!
El sacerdote sonríe. «He ordenado mentalmente al demonio decir en voz alta el final del Apocalipsis».
¬Repite ahora: felices los que habitan en tu casa, sirven felices…
¬¿Ay, no, no, no, no, no, no, no!
¬…para la gloria de Dios.
¬¿No! ¿No he dicho ya bastante?
La madre le grita:
¬Ella te aplastará la cabeza.
La joven mueve las manos en el aire, como apartando de sí a alguien.
El sacerdote, sin piedad, ataca:
¬Hubieras sido feliz toda la eternidad si hubieses seguido a la Luz.
¬No me atormente más… El uno de junio, el uno de junio…. nada puedo contra el poder de Dios.
¬¿Qué pasa el uno de junio?
¬¿Ay, me quiero ir!
El exorcista mira a la madre y le dice: «Miente, es un mentiroso, un fabulador. No se irá. No se va a ir. Dejémoslo por hoy. Ya es bastante».
Zabulón, el nombre del demonio
La Razón
Sólo una vez, en un momento de la sesión, el exorcista, el padre se inclina sobre la joven y dice: «Ha llegado la hora. ¿Sal, Zabulón!» Así conocemos el nombre del demonio, «del último de los siete que han atormentado a esta criatura». Ni el padre ni los ayudantes pueden dar cuenta de quién es Zabulón, «salvo que corresponde al décimo hijo de Jacob.» No han buscado bien. En el Tesoro de la Lengua Castellana de Covarrubias, en la entrada correspondiente a Zabulón, se lee: «El décimo hijo de Jacob, de Lía, su mujer. Algunos eclesiásticos le toman por el diablo, como en el himno Tibi Christe conterentem Zabulon, hoc est Diabolum». En cuanto a los síntomas de posesión de esta joven, fueron los clásicos: una adversión ilógica y desmedida a todos símbolo o lugar religioso. Un sacerdote de su localidad elevó el caso al obispo de la zona, quien ordenó un informe psiquiátrico. El tribunal determinó que la joven estaba perfectamente sana. Como los síntomas continuaran, cada vez con más fuerza, se decidió al fin poner el caso en las manos del exorcista. La historia de cómo llegó esta joven a ser poseída es terrible, pero no podemos revelarla por imposición del sacerdote. Lo que sí podemos contestar es qué hacía este periódico en una sesión de exorcismo, una práctica que rarísima vez se hace pública. La explicación del exorcista es que durante una de las sesiones preguntó a Zabulón por qué se resistía tanto a irse, a lo que éste contestó: «Dios quiere que me quede para que sirva de testimonio».
¬¿Testimonio de qué?
¬De que Satanás existe.
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